La prueba de Gastón
jul 12
Había una vez un nene llamado Raúl, que tenía un hermano llamado Felipe.
Raúl estaba sentado es su banco de clase, junto a Pedro, esperando que su maesta les entregara la prueba de ciencias, para la que estuvieron tanto tiempo estudiando. A todos los chicos les gustaba la hora de ciencias, las clases eran muy divertidas y cada día era una nueva experiencia, pero, con tantas cosas nuevas, la prueba los obligó a dedicarle mucho tiempo de estudio y repaso de todos los temas vistos en clase.
- Si me va bien, papá me prometió un nuevo juego para la play, le comentó Pedro a Raúl.
- Que bueno, respondió Raúl. Espero que te vaya bien y te regalen el de las carreras que jugamos la semana pasada en la casa de Gastón, en donde…
- Si, ese mismo le pedí a mi papá, lo interrumpió Pedro. Está muy bueno! Yo manejé una Ferrari y mejoré el record de…
- Pedro, interrumpió Cinthia, su maestra de ciencias. Te estoy llamando para que tomes la prueba; dejá de hablar con Raúl y tomá, llevale de paso su prueba.
Pedro se levantó de un salto de su silla y fue corriendo a buscar las pruebas, mientras Raúl lo miraba expectante, hasta que se escapó una carcajada al ver que Pedro se se tropezó con sus cordones desatados casi al llegar al escritorio de Cinthia. El resto de sus compañeros también se pusieron a reir mientras Pedro se levantaba con dificultad del piso.
- ¿Estás bien, Pedro? preguntó Cinthia. No era necesario correr para enterarte que has hecho un muy buen examen. Te felicito! Ahora, regresá a tu banco pero ca – mi – nan – do. Y mientras terminaba de atarle los cordones a Pedro, Cinthia agregó, felicitaciones también para vos Raúl; sólo te equivocaste en una pregunta.
Pedro regresó con un enorme diez en su examen y le entregó a Raúl el suyo, que tenía un nueve veinte.
Justo tocó el timbre del recreo cuando Cinthia llamó a Gastón para entregarle su examen, calificado con un seis treinta. Al ver su nota, Gastón se enojó y fue con sus amigos al recreo. Cinthia estaba a punto de comentarle algo, pero Gastón se mezcló con el resto de sus compañeros y, dejando su prueba sobre el banco, salió corriendo hacia el patio.
- ¿Que te pasa, Gastón?, le preguntó Raúl.
- Es que Cinthia me puso un seis en la prueba… bueno, en realidad un seis con treinta, ¿podés creer? A mi, que sabía todo, me puso un seis! No puede ser.
- No te pongas así, seguramente en el recuperatorio te va a ir muy bien.
Gastón, que a esta altura ya estaba lagrimeando, le respondió:
– No, no voy a ir al recuperatorio porque a mi me fue bien. Le voy a mostrar el examen a mi mamá porque seguro que Cinthia se equivocó. Yo hice todo bien.
- Bueno, le respondió Raúl, queriendo cambiarle de tema y haciendo un ademán invitándolo a sumarse al partido que estaban jugando sus amigos.
Gastón, todavía enojado, se puso a jugar a la pelota y cuando regresó a su banco, luego del recreo, guardó rápido su prueba en la mochila. Cinthia le pidió que se lavara la cara, y le preguntó si quería que le explicara en qué se confundió. Gastón le dijo que no, que después la revisaría en casa.
Al regresar del colegio, Raúl le contó a su papá lo que había sucedido; él, primero lo felicitó por su examen, y le dió un consejo:
- Raúl, antes de entregar un examen, tomate unos minutos para volver a leer tus respuestas; muchas veces los nervios nos juegan una mala pasada y nos hacen equivocar al responder, aún cuando conocemos muy bien la respuesta. Si revisas, ya más tranquilo por haber terminado, podés corregir esos errores.
- Si papá, le contestó Raúl.
- Y otra cosa, le dijo el papá, deteniéndolo a Raúl quien estaba a punto de ir a jugar a la computadora. Si te llega a ir mal, nunca debés reaccionar echando la culpa a los demás. Primero, tranquilo, debés ver y pensar lo que hayas hecho mal; si luego de ello no sabés porqué te fue mal, entonces preguntás, de buena manera, porqué te fue mal. Nunca piensas primero que el otro se equivocó. Eso habla muy mal de vos y nosotros no te educamos de esa forma.
- Si papá, yo no creo que Cinthia tenga la culpa o se haya equivocado, le respondió Raúl.
Ahí nomás vino Felipe, logrando interrumpir la conversación de Raúl y su papá, y lo invitó a jugar a los dinosaurios.
Y colorín, colorado, el cuento de Raúl de hoy, ha terminado.
- Papá, ¿porqué Gastón no quiso que la maestre le explique dónde se equivoco?
- Gastón es un muy buen alumno, le va muy bien en el colegio y siempre se saca buenas notas. Cuando su maestra le entregó su examen con una nota a la que él no estaba acostumbrado, pensó que su maestra se equivocó y creyó que su mamá le iba a dar la razón en que la nota estuvo mal puesta.
- Pero, realmente se equivocó la maestra? ¿o acaso Gastón hizo mal la prueba?
- No sé qué fué lo que sucedió. Tal vez efectivamente Gastón se haya equivocado… tal vez su maestra se confundió al corregir; pero más allá de la nota, lo importante es entender que no debemos culpar al otro de entrada, sino mirarnos a nosotros mismos y pensar en qué nos equivocamos. Ahora, a dormir!
Es mucho más difícil juzgarse a sí mismo, que juzgar a los otros. Si consigues juzgarte rectamente es que eres un verdadero sabio.
El Principito

